La niña que Disney convirtió en muñeca ahora es una Barbie, y esta vez la hizo ella

Mattel sacó una Barbie de Miley Cyrus. Suena a anécdota, pero tiene su ironía: la industria que la vendió como juguete cuando era Hannah Montana vuelve a hacerlo veinte años después. La diferencia es quién manda ahora.

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Miley Cyrus | Foto: Shutterstock
Miley Cyrus | Foto: Shutterstock

Hay algo raro en ver a Miley Cyrus convertida en Barbie. No porque no se lo merezca, sino porque ya pasó antes.

Cuando era Hannah Montana, allá por 2006, su cara estaba en todo: loncheras, pijamas y, sí, muñecas. Un montón de muñecas. Disney la fabricó en serie y las niñas de medio mundo se las llevaron a la cama. Miley no decidía nada de eso. Era una adolescente adentro de una máquina que vendía su imagen por ella.

Ahora Mattel sacó una Barbie con su nombre. Y aunque la foto se parezca a aquella historia, esta vez es otra cosa completamente distinta.

Qué es y cuánto cuesta

Vamos a lo concreto, que es lo que la gente busca.

La muñeca salió el 30 de junio y es parte de la línea Barbie Signature, la de colección, la que Mattel hace para adultos y no para el cuarto de juegos de un niño. Cuesta alrededor de 60 dólares y se consigue en Amazon, Walmart, Target y la tienda de Mattel. Como pasa con estas ediciones, se agotan rápido, así que quien la quiera va a tener que moverse.

El diseño está basado en el look del video “Golden Burning Sun”: cuero negro, lentes oscuros, tacones y un micrófono en la mano. Nada de brillos ni de pelucas rubias. Es la Miley de ahora, la rockera, la que suena a cigarrillo y madrugada.

Y hay un detalle que a los coleccionistas los volvió locos: la base de la muñeca reproduce la estrella que Miley acaba de recibir en el Paseo de la Fama de Hollywood. O sea, no le pusieron cualquier peana. Le pusieron su propio pedazo de acera.

Esta vez decidió ella

Acá está lo que separa a esta muñeca de las de Hannah Montana.

Miley no posó para una foto y dejó que otros hicieran el resto. Se metió en el diseño. Revisó cada cosa: el pelo, el maquillaje, la ropa, hasta la estructura de la cara. Lo contó ella misma, y una frase suya resume bien de qué va todo esto: dijo que no se trataba de hacerla perfecta, porque una versión perfecta no la representaría.

Esa frase dice más de lo que parece. La niña que vendían empaquetada y sonriente hoy es una mujer que pide, a propósito, que su muñeca no salga perfecta. Que tenga algo de la aspereza real. Es control, y es un tipo de control que a los diecisiete no tenía.

El círculo que se cierra

Es difícil no ver el recorrido completo en este muñeco de plástico.

Miley pasó por todo. Fue la niña de Disney. Después fue el escándalo andante, la que se subía desnuda a una bola de demolición y le rompía la cabeza a los papás que la habían llevado a sus conciertos infantiles. Se peleó con su propia imagen a propósito, casi como si tuviera que romper a Hannah Montana para poder existir ella.

Y ahí está lo interesante. Después de tanto ruido, la misma industria del juguete que la moldeó de niña vuelve a moldearla, pero ahora en la repisa de los adultos, al lado de Madonna, de Stevie Nicks, de Aaliyah. Ya no es un producto para niñas. Es una figura que se estudia, que se colecciona, que se pone en una vitrina.

Del cuarto de juegos a la vitrina. Le tomó veinte años y varios incendios llegar ahí.

Barbie ya hizo esto con otras. Lo distinto con Miley es que la muñeca cuenta, sin querer, una historia sobre crecer: sobre agarrar la imagen que otros usaron para venderte y, con los años, quedarte tú con las llaves.

La de Hannah Montana la fabricaron. Esta la firmó ella. Y esa, para alguien que se pasó la vida peleando por decidir quién iba a ser, es probablemente la mejor parte.