Hay algo que las plataformas latinoamericanas finalmente están entendiendo: nuestras historias no necesitan parecerse a las de nadie más para funcionar.
Durante años, gran parte de la televisión hecha en español intentó perseguir fórmulas externas. Historias neutras, ciudades genéricas, personajes demasiado perfectos o dramas que parecían ocurrir en un universo donde nadie realmente hablaba como nosotros. Pero poco a poco eso empieza a cambiar. Y Los encantos de un sinvergüenza entra justamente en ese espacio.
La nueva serie de ViX, inspirada en la novela Memorias de un sinvergüenza de siete suelas de la escritora colombiana Ángela Becerra, no intenta esconder su ADN latinoamericano. Al contrario: lo usa como motor. Y quizás ahí está parte de lo que la hace funcionar.
Avance de Los Encantos de un Sinvergüenza
Cuando me senté a conversar con Manolo Cardona, Erick Elías y Daniela Álvarez, lo primero que quedó claro es que ninguno veía el proyecto simplemente como otro melodrama más. Había entusiasmo real alrededor de la posibilidad de contar una historia con códigos profundamente nuestros, pero desde un lugar mucho más contemporáneo.
“En Latinoamérica tenemos demasiadas historias para contar”, dice Manolo Cardona apenas comenzamos a hablar. “Historias para retratarnos, para burlarnos de nosotros mismos”.
Y sí, la serie tiene bastante de eso.
Porque aunque el título suene ligero o incluso divertido, Los encantos de un sinvergüenza no vive solamente dentro de la comedia romántica. Hay thriller, hay suspenso, hay deseo, hay traición y también una especie de humor negro que rara vez aparece bien trabajado en las producciones latinas mainstream.
Cardona habla precisamente de eso cuando explica cómo el proyecto empezó a transformarse durante el proceso creativo.
“Empieza el thriller, entra el suspenso y se vuelve una mezcla de géneros hermosa”, cuenta. “No solamente es melodrama, romance y drama. Tiene mucha comedia negra, y hace rato hacía falta eso en pantalla”.
Y honestamente, tiene razón.
Porque uno de los problemas más frecuentes de las series latinas es que muchas veces le tienen miedo a ensuciar emocionalmente a sus personajes. Todo el mundo termina demasiado correcto o demasiado claramente dividido entre héroes y villanos. Aquí no.
Aquí todos tienen algo raro.
Todos esconden algo.
Todos cruzan líneas.
Y eso vuelve la historia muchísimo más interesante.
De hecho, en medio de la entrevista terminé diciéndoles algo que la serie deja bastante claro desde temprano: aquí todo el mundo es un sinvergüenza, solo que cada uno a su manera.
Daniela Álvarez se ríe inmediatamente cuando escucha eso, pero después lo desarrolla de una forma bastante inteligente hablando de Morgana, su personaje.
“Morgana es una sinvergüenza porque le dice sí a la libertad”, explica. “A su sexualidad, a expresarse como quiere, a decir lo que piensa”.
Y ahí aparece otro de los elementos interesantes de la serie: cómo entiende el concepto de “sinvergüenza” no solamente desde el engaño o la manipulación, sino también desde la gente que simplemente decide vivir bajo sus propias reglas.
Daniela cuenta que incluso investigó profundamente el nombre de Morgana antes de construir el personaje. Descubrió su relación con la hechicera de las leyendas del Rey Arturo y terminó incorporando esa energía al rol.
“Creo que sí se vuelve una hechicera”, dice entre risas. “Porque su poder es la seducción”.
Y honestamente, Morgana tiene exactamente esa vibra. Es de esos personajes que entienden perfectamente el efecto que generan cuando entran a una habitación.
Pero quizá quien termina ofreciendo la lectura más interesante sobre la idea de la vergüenza y la falta de ella es Erick Elías.
Su personaje, Bernardo, empieza moviéndose en un lugar relativamente familiar: el amigo cercano, aparentemente noble, aparentemente estable. Pero mientras la historia avanza, empiezan a aparecer grietas más oscuras relacionadas con ambición, inseguridad y daño emocional.
“El personaje me hizo pensar mucho en cómo uno puede afectar a otros”, explica Erick. “Cómo puedes hacerle daño a una pareja, a un hijo… muchas veces desde los celos o el miedo”.
Y luego suelta una idea bastante buena sobre el verdadero significado de ser “sinvergüenza”.
“Hay cosas para las que uno no debería tener pena. Pero también hay una raya donde sí necesitas vergüenza”, dice.
Es una frase sencilla, pero define bastante bien el tono de la serie.
Porque Los encantos de un sinvergüenza juega constantemente con esa línea. La del encanto y el egoísmo. La de la libertad y el daño. La del deseo y las consecuencias.
Y eso le da algo que muchas producciones actuales pierden rápido: conflicto humano real.
También ayuda muchísimo el universo visual donde ocurre la historia.
Aunque gran parte del rodaje ocurrió en Colombia, el equipo recreó un ecosistema profundamente inspirado en pueblos mexicanos cercanos a Tequila, Jalisco. Y eso implicó construir prácticamente un México entero dentro de otro país.
Cardona habla de eso casi como una obsesión de producción.
“Todo lo que ves fue construido por el equipo”, cuenta. “Desde detalles pequeños hasta elementos culturales completos”.
Y sí se siente.
Hay textura. Hay tierra. Hay calor. Hay espacios que parecen vividos y no simplemente diseñados para verse bonitos en cámara.
Eso termina siendo clave para que la serie funcione emocionalmente. Porque más allá del romance, el thriller o la comedia, Los encantos de un sinvergüenza entiende algo importante: las historias latinas funcionan mejor cuando no intentan neutralizarse.
Cuando abrazan sus códigos.
Sus excesos.
Sus contradicciones.
También hay algo bastante refrescante en ver actores disfrutando genuinamente el caos moral de sus personajes. Nadie aquí parece preocupado por caer bien todo el tiempo. Y eso hoy se agradece muchísimo.
Especialmente en una era donde muchas series parecen obsesionadas con crear personajes perfectamente correctos.
Aquí no.
Aquí todos tienen algo roto.
Y probablemente por eso se sienten más humanos.
Al final, Los encantos de un sinvergüenza parece entender perfectamente el tipo de experiencia que quiere ofrecer: melodrama moderno, humor negro, deseo, tensión y personajes emocionalmente desordenados moviéndose dentro de un universo profundamente latinoamericano.
Y honestamente, hacía falta algo así.




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