El terremoto como prueba política: Venezuela tiembla por dentro y por fuera

La tragedia llegó en plena transición incierta. Mientras el Gobierno de Delcy Rodríguez militariza las zonas afectadas y la oposición sale a la calle, la ayuda y el control se convierten en un pulso por la legitimidad.

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Ningún desastre natural se queda solo en lo natural cuando golpea a un país con una herida política abierta. El doble terremoto del 24 de junio no fue la excepción. Cayó sobre Venezuela en uno de los momentos más frágiles de su historia reciente, y en cuestión de horas la emergencia humanitaria empezó a mezclarse con un pulso por el poder que ya venía de antes.

Un país en plena transición

Para entender el trasfondo hay que recordar dónde está parada Venezuela. En enero de 2026, una incursión militar de Estados Unidos capturó al exmandatario Nicolás Maduro, pero permitió que su vicepresidenta, Delcy Rodríguez, quedara al frente del país como presidenta encargada. Washington planteó entonces que Venezuela avanzaría, con el tiempo, hacia unas elecciones y hacia el restablecimiento de la democracia.

Esa transición nunca terminó de cuajar, y seguía siendo terreno en disputa cuando llegó el terremoto. Según varios analistas, una catástrofe de esta escala puede retrasar todavía más esas conversaciones. La profesora Cynthia Arnson, de la Universidad Johns Hopkins, lo resumió así: es difícil imaginar que el Gobierno no aproveche la emergencia para frenar el debate sobre la transición, aunque parte de esas medidas pueda ser legítima ante un desastre tan abrumador. Ese matiz es importante: no todo lo que hace un Estado en una crisis es cálculo, pero tampoco todo es inocente.

La acusación: politizar el dolor

El reproche que más se repite es que el Gobierno de Delcy Rodríguez estaría usando la tragedia para reforzar su legitimidad en un momento clave. Los críticos hablan de un viejo reflejo que algunos analistas llaman «autoritarismo de emergencia»: convertir la ayuda humanitaria en moneda de lealtad política, decidiendo quién reparte, quién entra y quién aparece en cámara.

El Ejecutivo lo niega y ofrece otra lectura. Sostiene que las restricciones buscan poner orden, mantener despejadas las vías para los convoyes de ayuda y prevenir riesgos sanitarios en una zona llena de escombros. Es una justificación razonable sobre el papel; el problema, dicen quienes están en el terreno, es cómo se aplicó en las primeras horas, las más decisivas para encontrar gente con vida.

La oposición también entra en escena

Del otro lado, la oposición no se quedó quieta. La líder María Corina Machado, premio Nobel de la Paz, llamó a organizar redes de asistencia y lanzó un mensaje que se volvió consigna: «No estamos solos. Nos tenemos». Su movimiento movilizó voluntarios en varios estados para recoger donaciones, pero, según denunciaron, ese esfuerzo chocó en algunos puntos con la Policía Nacional. Machado, además, pidió desde el exterior que la dejen regresar al país y reclamó la liberación de un preso político cuya esposa murió en el derrumbe de su edificio.

Conviene decirlo completo, porque ahí está el equilibrio: los partidarios del Gobierno acusan a la oposición de hacer exactamente lo mismo, es decir, de aprovechar la tragedia para sumar puntos políticos. En medio de una emergencia, casi nadie se mueve sin un ojo puesto en el costo o el beneficio político, y conviene leer todos los gestos con esa cautela.

El control como método

Lo que sí está documentado son las medidas concretas. El Gobierno militarizó el estado de La Guaira, el más golpeado, y estableció que voluntarios y rescatistas debían tramitar un salvoconducto en el Poliedro de Caracas para poder entrar. La medida generó largas filas y reclamos de quienes sentían que el trámite les robaba un tiempo que no tenían. A eso se suman incidentes con brigadas internacionales y restricciones a la prensa, que llevaron a un grupo de 40 organizaciones a enviar una carta pidiendo que se respeten los derechos humanos en la zona.

Un eco de 1812

Nada de esto es nuevo en la historia venezolana. Un exdiplomático estadounidense recordó que ya en 1812, tras un terremoto catastrófico en Caracas, el desastre se mezcló con las maquinaciones políticas de la época. Fue entonces cuando Simón Bolívar pronunció su famosa frase sobre luchar contra la naturaleza si esta se oponía. Más de dos siglos después, el patrón se repite: cuando la tierra tiembla, el poder también se sacude, y cada bando intenta quedar de pie.

La verdadera prueba

Al final, el terremoto funciona como un examen en dos sentidos. Pone a prueba la capacidad real del Estado para responder a una emergencia enorme, y al mismo tiempo mide hacia dónde se inclina una transición que seguía sin resolverse. Bajo los escombros de La Guaira hay miles de historias humanas que no deberían reducirse a una disputa política. Pero en un país donde todo pasa por el poder, hasta el dolor termina midiéndose en términos de legitimidad. Cómo se administre esa ayuda en las próximas semanas dirá mucho, no solo sobre la reconstrucción, sino sobre el rumbo del país.