Colombia vuelve al Mundial después de 8 años: la historia detrás del debut contra Uzbekistán en el Estadio Azteca

La Tricolor de Néstor Lorenzo arranca su Copa del Mundo 2026 este miércoles a las 10 PM hora del Este. Es el primer partido oficial de Colombia en una Copa desde Rusia 2018. Y, por una ironía del destino, le toca debutar en el estadio que pudo haber sido suyo en 1986.

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James Rodríguez durante su paso por Real Madrid | Foto: Wikimedia
James Rodríguez durante su paso por Real Madrid | Foto: Wikimedia

Hace ocho años que la Selección Colombia no juega un partido oficial de Copa del Mundo. Ocho años. Para que se entienda lo que significa eso: ocho años son una generación entera de niños que crecieron sin ver a su selección compitiendo en el torneo más importante del fútbol.

Ocho años son innumerables conversaciones de café tratando de explicar por qué Colombia no estuvo en Catar 2022. Ocho años son James Rodríguez pasando de ser la joya rutilante del Mundial de Brasil 2014 a un veterano de 34 años que juega en el Minnesota United de la MLS. Ocho años son Luis Díaz dejando de ser una promesa para convertirse en el extremo del Bayern Múnich.

Esta noche, miércoles 17 de junio, eso termina. Colombia vuelve a un Mundial. A las 10 de la noche hora del Este, 9 PM hora de Bogotá, en el Estadio Azteca de Ciudad de México (rebautizado temporalmente como Estadio Banorte, aunque la FIFA lo identifica oficialmente como Estadio Ciudad de México durante el torneo), la Tricolor enfrenta a Uzbekistán en el primer partido del Grupo K. Y, para los que llevamos toda la vida viendo el fútbol latinoamericano desde una perspectiva venezolana, este partido es uno de los momentos emocionales más cargados del Mundial 2026.

Conviene explicar por qué.

Lo que se perdió: Catar 2022 y la ausencia que dolió

Para los más jóvenes que están leyendo, vale la pena anotar el contexto. Colombia tiene una historia mundialista corta pero intensa. Ha estado en seis ediciones de la Copa del Mundo: Chile 1962, Italia 1990, Estados Unidos 1994, Francia 1998, Brasil 2014 y Rusia 2018. Es decir, seis veces en casi setenta años. No es mucho. Pero cada participación dejó momentos memorables. El gol olímpico de Marcos Coll a Lev Yashin en Chile 1962 (el único gol olímpico en la historia de los Mundiales). La generación dorada de Pacho Maturana en los años noventa con Carlos Valderrama, Faustino Asprilla y René Higuita. El cabezazo de Andrés Escobar en propia puerta en USA 1994, que terminaría en una de las tragedias más dolorosas de la historia del deporte. La generación de James Rodríguez que llegó a cuartos en Brasil 2014. El paso digno por Rusia 2018.

Pero después de Rusia, llegó la sequía. La eliminatoria sudamericana rumbo a Catar 2022 fue un desastre. Colombia no logró clasificar. Y, para una afición que se había acostumbrado a viajar con su selección y soñar en grande, la ausencia en Catar 2022 fue traumática. Mientras Argentina ganaba su tercer título, mientras Brasil caía en cuartos contra Croacia, mientras Marruecos llegaba a la semifinal por primera vez en la historia del fútbol africano, los colombianos veían todo desde sus casas. Sin selección. Sin himno. Sin sueño mundialista.

Esa ausencia, contada con calma, marcó un antes y un después. Y explica por qué este regreso esta noche es tan emocionalmente importante. No es solo un partido. Es la confirmación de que Colombia sigue existiendo en el fútbol mundial.

La ironía histórica: el Mundial que pudo haber sido colombiano

Aquí viene un detalle que pocos están conectando con el partido del miércoles. Y vale la pena anotarlo porque tiene una carga simbólica enorme. El Mundial de 1986, que finalmente se jugó en México y donde Maradona se consagró eterno con La Mano de Dios y el Gol del Siglo, originalmente se le había concedido a Colombia.

La historia, brevemente. En 1974 la FIFA otorgó a Colombia la sede del Mundial de 1986. Era un orgullo nacional inmenso. El gobierno de Alfonso López Michelsen primero, y después el de Belisario Betancur, prepararon el proyecto. Pero las exigencias de la FIFA (doce estadios con capacidad para 40 mil personas en primera fase, cuatro estadios con capacidad para 60 mil en segunda fase, dos estadios con capacidad para 80 mil para la inauguración y la final, torres de comunicación, congelamiento de tarifas hoteleras, una red de carreteras moderna) resultaron demasiado para la realidad económica colombiana de los ochenta. En 1982, Belisario Betancur renunció formalmente a organizar el Mundial. La frase que pasó a la historia fue suya: «no tenemos tiempo de atender los lujos de la FIFA, cuando hay tantos otros problemas que atender».

La FIFA, a las apuradas, le pasó el Mundial a México. Y México lo organizó. Y Maradona se consagró en el Azteca. Y la final fue Argentina vs Alemania, también en el Azteca, con triunfo argentino 3-2. Colombia, por su parte, ni siquiera logró clasificar al Mundial que pudo haber sido suyo.

Cuarenta años después, esta noche, la Selección Colombia debuta en un Mundial en ese mismo Estadio Azteca. El estadio que, en otra historia paralela, habría sido sede de un Mundial colombiano. El estadio donde Maradona se consagró en el torneo que originalmente debía haberse jugado en Cali, Barranquilla, Bogotá, Medellín. La poesía histórica del fútbol es así, a veces. El destino quiso que el regreso de Colombia a un Mundial fuera precisamente en el coliseo que pudo haber sido suyo cuatro décadas atrás.

Néstor Lorenzo: el argentino que llevó a Colombia de vuelta

Hay una figura central en este regreso que vale la pena presentar bien, porque muchos lectores hispanos en Estados Unidos quizás no la conozcan. Se llama Néstor Lorenzo, tiene 60 años, es argentino, y es el director técnico de la Selección Colombia desde junio de 2022.

Lorenzo no es un nombre rutilante. No ganó títulos grandes como jugador. Pero conoce a Colombia de adentro porque trabajó como asistente del legendario José Pekerman en las generaciones de Brasil 2014 y Rusia 2018. Es decir, estuvo en el banquillo durante las dos mejores actuaciones recientes de la Tricolor. Y, cuando lo nombraron como entrenador principal en 2022 (justo después del fracaso de la eliminatoria de Catar), muchos colombianos lo recibieron con escepticismo. Otro argentino, dijeron. Otro técnico extranjero. Otra fórmula prestada.

Pero Lorenzo demostró que sabía lo que estaba haciendo. Reconectó con James Rodríguez (que llevaba años sin continuidad en clubes pero que él consideraba imprescindible para el liderazgo del vestuario). Apostó por jugadores jóvenes que estaban explotando en Europa: Richard Ríos, Jhon Arias, Kevin Castaño. Construyó una selección que llegó a la final de la Copa América 2024 en Estados Unidos (perdió 1-0 contra Argentina en una final dolorosa en Miami) y que clasificó al Mundial 2026 sin grandes sobresaltos. Y, lo más importante, devolvió a Colombia una identidad de juego clara: posesión, paciencia, calidad técnica en el mediocampo, ataque a través del desequilibrio individual de Luis Díaz.

Que un argentino esté dirigiendo a Colombia en su regreso al Mundial, mientras del otro lado del banquillo otro argentino (Lionel Scaloni) dirige al campeón del mundo, es una de las muchas ironías sudamericanas que este torneo está produciendo. El fútbol sudamericano sigue siendo, en buena medida, un asunto argentino, aún cuando los demás países le ganan los partidos.

El otro detalle delicioso: Fabio Cannavaro del otro lado

Y aquí viene otro detalle que merece párrafo propio. Porque vale la pena, en serio.

El entrenador de Uzbekistán es Fabio Cannavaro. Sí, ese Fabio Cannavaro. El defensor italiano. El capitán de la selección italiana que ganó el Mundial de Alemania 2006. El Balón de Oro de 2006, una de las pocas veces que un defensor central ha ganado ese premio. La leyenda del Real Madrid, del Juventus, de Italia. Tiene 52 años hoy. Y está en el banquillo de Uzbekistán, una selección que jamás había jugado un Mundial en su historia.

Cannavaro fue nombrado entrenador de Uzbekistán en octubre de 2025, en un movimiento que sorprendió al mundo del fútbol. La selección uzbeka había clasificado al Mundial bajo el mando del técnico local Timur Kapadze (que incluso había ganado la Copa de las Naciones de la CAFA pocos meses antes). Pero la Federación de Fútbol de Uzbekistán decidió apostar por experiencia internacional para el debut histórico. Y Cannavaro, que venía de dirigir al Dinamo Zagreb en Croacia, aceptó.

Veinte años exactos después de levantar la Copa del Mundo como jugador con Italia, Cannavaro vuelve a un Mundial. Pero esta vez desde el banquillo. Y dirigiendo a un país asiático debutante. La simetría es preciosa. Y dice mucho sobre cómo el fútbol mundial se ha globalizado en las últimas dos décadas: figuras europeas en banquillos asiáticos, sudamericanos en banquillos europeos, argentinos dirigiendo a colombianos. Todo se cruza, todo se mezcla, todo se reescribe.

Para el partido de esta noche, Cannavaro ya dejó claras sus intenciones. En entrevista reciente con Prime Video Sport Italia, dijo: «Estamos en un grupo donde incluso un punto sería un gran logro. Jugamos contra equipos muy buenos, pero estoy trabajando para que el equipo deje de lado la emoción y los nervios». Es decir: Uzbekistán no viene a hacer historia inmediata. Viene a aprender, a sumar lo que pueda, a competir con dignidad. Cosa que, contra una Colombia favorita pero no abrumadora, es absolutamente posible.

Los nombres que importan: James, Luis Díaz y la generación que carga con todo

Hablemos del once colombiano. La alineación titular previsible para Néstor Lorenzo esta noche es la siguiente: Camilo Vargas (arquero del Atlas mexicano) en el arco; Daniel Muñoz (Crystal Palace), Davinson Sánchez (Galatasaray), Jhon Lucumí (Bolonia) y Johan Mojica (Mallorca) en la defensa; Jefferson Lerma (Crystal Palace) y Richard Ríos (Palmeiras) en el doble cinco; Jhon Arias (Wolverhampton), James Rodríguez (Minnesota United) y Luis Díaz (Bayern Múnich) por delante; y Luis Suárez (Sporting de Lisboa, no el uruguayo, el delantero colombiano) como referencia ofensiva.

Vale la pena anotar dos cosas sobre esta alineación. Primero, James Rodríguez sigue siendo el corazón emocional del equipo a pesar de sus 34 años y su salida de los grandes clubes europeos. Lorenzo lo necesita por liderazgo, por jerarquía, por capacidad de organización en los últimos metros. Aunque sus piernas ya no son las del Mundial de Brasil 2014 (cuando ganó el Balón de Oro Adidas como mejor jugador del torneo con sus seis goles), su lectura del juego sigue siendo de élite. Y, para una selección que regresa después de ocho años, tener a James en la cancha funciona como puente generacional con los buenos recuerdos.

Segundo, Luis Díaz es probablemente el jugador más decisivo del equipo y el principal motivo de optimismo para los colombianos. Tiene 29 años, juega en el Bayern Múnich (acaba de firmar con el club alemán hace pocos meses), y está en su debut mundialista. Su declaración tras la oficialización de la lista fue elocuente: «Ahora solo queda una cosa: dejarlo todo por esta camiseta, por mi país y por millones de colombianos que sueñan con nosotros». Lucho, como lo llaman los colombianos, es el desequilibrio puro. El extremo capaz de definir un partido con una jugada individual. Y, para esta selección, su rendimiento va a ser determinante.

Las ausencias que dolieron

Conviene anotar también que esta convocatoria llegó con dos ausencias muy comentadas en Colombia. Jhon Jáder Durán, el delantero de 21 años que jugaba en el Zenit de Rusia y antes en el Al-Nassr (donde compartió camerino con Cristiano Ronaldo), quedó fuera de la lista definitiva. La razón oficial fueron «problemas físicos». Pero los rumores en el fútbol colombiano apuntan a tensiones internas entre el delantero y figuras del cuerpo técnico, incluyendo posibles roces con James Rodríguez y Jefferson Lerma. La situación generó debate público durante semanas.

Rafael Santos Borré, el otro delantero, también quedó fuera, sorpresivamente, después de haber sido convocado durante buena parte del proceso eliminatorio. Su lugar lo tomó Dayro Moreno, delantero del Once Caldas, que regresó a la selección a los 39 años en uno de los regresos más improbables del fútbol colombiano reciente.

Estas decisiones, conviene anotarlo, son arriesgadas. Lorenzo apostó por una base consolidada y por nombres de confianza, sacrificando velocidad ofensiva juvenil. Si Colombia tiene problemas para marcar goles en la fase de grupos, las críticas van a llover.

El Grupo K: lo que viene después

Después de Uzbekistán hoy miércoles, Colombia tiene dos partidos más en la fase de grupos. El lunes 23 de junio a las 5:30 PM hora del Este enfrenta a Portugal en el Hard Rock Stadium de Miami. Es, sin exagerar, uno de los partidos más esperados del Mundial: el reencuentro de Luis Díaz contra Cristiano Ronaldo (los dos jugaron juntos en el Al-Nassr durante meses), James contra los portugueses, la Tricolor contra una de las potencias europeas. Y, el viernes 26 de junio, Colombia cierra la fase de grupos contra República Democrática del Congo, también en una sede norteamericana por confirmar exacta.

El cálculo realista es el siguiente: Colombia debería ganar a Uzbekistán y al Congo, y arriesgar contra Portugal. Si lo logra, avanza tranquila a la siguiente fase. Si no, todo se complica. Pero el primer paso, evidentemente, es el de esta noche. Ganar a Uzbekistán es prácticamente obligatorio para mantener vivas las aspiraciones colombianas.

Dónde verlo

Para los colombianos en Estados Unidos (que son una comunidad enorme, especialmente en Florida, Nueva York, Houston y Los Ángeles), las opciones son claras. En español: Telemundo y Peacock (suscripción). En inglés: Fox Sports y fuboTV. En Colombia: Caracol TV, RCN TV, DSports y Disney+. En Venezuela y resto de Sudamérica: DSports y DGO.

El partido arranca a las 8 PM hora de Ciudad de México. Es decir: 10 PM en Nueva York y Miami, 9 PM en Bogotá, 11 PM en Buenos Aires, 7 PM en Los Ángeles. Un horario ideal para que millones de hispanos en Estados Unidos terminen su jornada laboral y se sienten a ver el partido cómodamente.

Por qué este partido importa más allá de Colombia

Quiero cerrar con una reflexión que me parece importante, porque conecta este partido con algo más grande que el resultado deportivo.

La audiencia colombiana en Estados Unidos es enorme. Hablamos de aproximadamente 1,5 millones de colombianos viviendo en el país, concentrados sobre todo en el sur de Florida, Nueva York y Nueva Jersey. Para esa comunidad, ver a la Tricolor jugar en suelo norteamericano (porque dos de sus tres partidos del grupo se juegan en Estados Unidos/México, no en territorio sudamericano) tiene un peso emocional distinto al de los Mundiales anteriores. Es la primera vez en la historia que un Mundial se juega prácticamente «en casa» para los colombianos migrantes. Y eso, conviene anotarlo, es un hecho cultural significativo.

Para Venezuela (mi país), que sigue sin haber jugado nunca un Mundial, la conexión con Colombia es especial. Compartimos frontera, historia, modismos, comidas. Y ver a la Vinotinto eternamente ausente mientras Colombia regresa después de ocho años es, para muchos venezolanos, motivo de doble sentimiento: alegría por los hermanos colombianos, y melancolía por nuestra propia ausencia perpetua del torneo. Esta noche, muchos venezolanos van a ver el partido apoyando silenciosamente a Colombia. No por colombianidad, sino por hermandad.

Y para el resto de hispanoamericanos en Estados Unidos, el partido de esta noche es otra confirmación de algo que este Mundial 2026 sigue demostrando jornada tras jornada: la cultura hispana es el alma de este torneo. Por demografía, por presencia mediática, por celebridades, por jugadores, por entrenadores, por banderas en las tribunas, por himnos que vibran en español. Este Mundial es, en buena medida, un Mundial hispano. Y Colombia, esta noche, es la próxima pieza que se suma a esa narrativa.

Lo que queda

A las 10 PM hora del Este, el árbitro central va a sonar el silbato en el Estadio Azteca y la Tricolor va a salir a la cancha con James de capitán, Luis Díaz al ataque, Camilo Vargas en el arco. Del otro lado, Uzbekistán, una selección debutante dirigida por una leyenda italiana, jugando el partido más importante de su historia. Y, en los palcos, Néstor Lorenzo concentrado en cada movimiento del balón, sabiendo que cualquier traspié hoy le complica el Mundial entero.

Yo voy a estar viendo el partido, como millones de hispanos en este país. Con la ilusión de que Colombia gane. Con el respeto por los uzbecos que vienen a hacer historia. Y, sobre todo, con la sensación de que el fútbol latinoamericano vuelve a tener una de sus piezas perdidas de regreso en el lugar donde le corresponde estar: en una cancha de Mundial, jugando en serio, soñando en grande.

Ocho años son muchos años. Pero, esta noche, esa espera termina.

Bienvenida de regreso, Tricolor. Te extrañamos.