La verdadera prueba de «Cien años de soledad» no es Macondo: son las bananeras

Mañana llegan a Netflix los siete episodios de la segunda parte, y el gran final el 26 de agosto. En el camino está el pasaje donde García Márquez se inventó una cifra de muertos que terminó convirtiéndose en la memoria de un país entero. Lo que la serie haga con eso es lo único que de verdad se juega aquí.

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Cien Años de Soledad S1. (L to R) Marco Antonio González as José Arcadio Buendía, Susana Morales as Úrsula Iguaran in Cien Años de Soledad. Cr. Pablo Arellano /Netflix ©️2024
Cien Años de Soledad S1. (L to R) Marco Antonio González as José Arcadio Buendía, Susana Morales as Úrsula Iguaran in Cien Años de Soledad. Cr. Pablo Arellano /Netflix ©️2024

Empecemos por lo práctico, que es lo que la gente está buscando hoy.

La segunda y última parte de Cien años de soledad se estrena mañana miércoles 5 de agosto en Netflix, con siete episodios de golpe. El desenlace no viene ahí. Llega el 26 de agosto, en un capítulo especial de casi dos horas dirigido por Laura Mora, pensado y rodado como si fuera una película.

Dirigen ella y Carlos Moreno, se filmó completa en Colombia, en español, con la familia de Gabo metida en la producción. Vuelven Claudio Cataño como el coronel Aureliano Buendía y Marleyda Soto como Úrsula, y entran caras nuevas para las generaciones que faltan.

La trama arranca después del armisticio, cuando la paz no llega. Llega Fernanda del Carpio desde Bogotá. Llega el ferrocarril. Y detrás del ferrocarril, como siempre pasa, llega la compañía bananera.

Ahí está el asunto.

El número que se volvió recuerdo

En la novela, José Arcadio Segundo despierta en un tren cargado de cadáveres y dice que eran más de tres mil. Cuando regresa a Macondo y cuenta lo que vio, nadie le cree. La versión oficial es que no hubo muertos, que la compañía nunca existió, que el pueblo siempre estuvo tranquilo. Y el pueblo, tranquilamente, le cree a la versión oficial.

Eso está basado en algo que pasó de verdad. La madrugada del 6 de diciembre de 1928, en la plaza de Ciénaga, Magdalena, el general Carlos Cortés Vargas ordenó disparar contra los trabajadores en huelga de la United Fruit Company. El propio Cortés Vargas reportó 47 muertos. Un cable del consulado estadounidense habló de más de mil. La prensa de Barranquilla dijo cien. Los historiadores llevan casi un siglo peleándose y la respuesta honesta es que nadie sabe.

Lo interesante viene ahora. En una entrevista de televisión en 1990, García Márquez contó que mandó a investigar la cifra real, que le pareció demasiado pequeña para lo que él estaba construyendo, y que entonces decidió que fueran tres mil porque era lo que cabía en las proporciones del libro. Lo dijo así, sin rodeos. Y remató con la frase que a mí me sigue pareciendo la más inquietante que dijo nunca: que la leyenda ya había quedado establecida como historia.

Tenía razón. Si mañana le preguntas a un colombiano cuántos murieron en las bananeras, la mayoría va a decir tres mil. La cifra de una novela.

Un pueblo que ya había ensayado el olvido

Y aquí está la parte que casi nadie conecta, aunque estaba puesta ahí desde el principio.

En la primera temporada vimos la peste del insomnio: Macondo deja de dormir, empieza a olvidar cómo se llaman las cosas, y termina pegándole etiquetas a los objetos para acordarse de qué son. Es el episodio más juguetón del libro y se lee como una travesura de realismo mágico.

No lo es. Es el ensayo general.

Gabo pasó cien páginas enseñándonos que ese pueblo puede perder la memoria de golpe, para que cuando llegue el tren con los muertos ya sepamos que Macondo es perfectamente capaz de olvidarlos. La peste del insomnio es la comedia. Las bananeras son el chiste explicado, y no da risa. Un país que ya demostró que olvida, olvidando lo peor que le pasó.

Ese es el material que se estrena mañana. No sé si Netflix sabe del tamaño de lo que va a soltar en 190 países a la una de la mañana.

Lo que de verdad hay que mirar

No he visto los episodios, así que no voy a fingir un veredicto. Pero puedo decir qué es lo que estaré mirando, y sugiero mirarlo también.

Si la serie resuelve la masacre como espectáculo, con la cámara buscando el impacto y la música diciéndote cuándo llorar, va a ser buena televisión y va a fallar el punto. La escena no trata de la matanza. Trata de lo que viene después: un hombre que vio, y un pueblo que decidió no. La diferencia entre esas dos cosas es toda la novela.

Confieso que llego con nervios de fan y no me disculpo por eso. Leí este libro a los diecisiete y me acuerdo exactamente de dónde estaba sentado cuando llegué al tren. La primera temporada me desarmó el prejuicio de que esto no se podía filmar. Ahora falta lo difícil, que no es la magia. Es la política.

La apuesta del final

Un detalle de estrategia que vale la pena señalar, porque va contra todo lo que hace la plataforma normalmente.

Netflix está pidiendo tres semanas de espera entre los siete episodios y el desenlace. En la era del maratón, eso es casi una provocación. Francisco Ramos, el vicepresidente de contenido para Latinoamérica, lo explicó diciendo que la primera parte era la fundación de una utopía y la segunda es su destrucción inevitable, y que siempre se concibió en dos bloques.

Traducido: quieren que el final duela solo, sin la anestesia del siguiente capítulo cargando automáticamente. Me parece la decisión más inteligente que ha tomado nadie con esta adaptación.

Nos vemos mañana en Macondo. Y el 26, en la estación.