Hay una escena en el primer episodio de «El Juicio» que no se me quita de la cabeza. Dos padres se sientan a hablar. El de la hija que denunció una violación y el del hijo acusado. Y el segundo, con la calma de quien ya tiene todo resuelto, dice «perdona por el malentendido». Se lo conté a Pedro Alonso apenas nos sentamos, que esa palabra es un puñal y que se siente como la columna vertebral de la serie. Me escuchó y fue directo al punto que le importa: ‘Luego, cuando avanza la trama, eso se empieza a mover debajo de los pies. Bien duro.’
Pedro Alonso tiene 55 años, nació en Vigo y durante cinco temporadas fue Berlín, el ladrón elegante de «La casa de papel», la serie en español más vista en la historia de Netflix. Después tuvo su propio spin-off. Ahora es Raúl Huerta, un empresario mexicano cuyo hijo es acusado de abusar de una compañera de escuela, en la serie de Daniel Krauze que Prime Video estrenó el 11 de septiembre con Eugenio Derbez como el otro padre. Es su primera producción en México. Y es un personaje que, a diferencia de Berlín, no hace teatro. Mide, calcula, cree tener el control.
Le pregunté por esa dualidad, la seguridad que muestra y la carrera contra el tiempo por mantener todo como está. Me contestó con una imagen de cartas. ‘A mí me toca una carta de la baraja de salida, pero esa baraja de repente empezamos a explorarla y sondearla desde diferentes ángulos, y él empieza a cuestionarse las cosas. Hay momentos en los que lo que siente no es tan claro, tiene dudas y dilemas y disyuntivas, y aquello empieza a crujir.’
Lo que le importa no es que cruja el personaje. Es que cruja el que mira. ‘Hay un momento en el que mucha gente que tenía un juicio claro sobre lo que tenía que pensar y sentir en determinados momentos, duda. Ahí es cuando se pone interesante. Y yo ya me canso de la gente que solo tiene certezas.’
Esa frase salió a los tres minutos y marcó el resto de la conversación.
«El Juicio» nació en 2020, cuando el periodista León Krauze le contó a Derbez la historia de un padre real que peleaba contra un sistema que no le respondía. Daniel Krauze, hermano de León, escribió el guion después de entrevistar a sobrevivientes de distintos casos, y en México todo el mundo pensó en los Porkys de Veracruz. Ocho episodios, dirigidos por Roberto Sneider, Belén Macías y Jorge Michel Grau. Lo que la serie evita, con una terquedad que se agradece, es decirle al público quién es el bueno. Se lo comenté a Pedro: aquí nadie es bueno y nadie es malo. Me corrigió con una frase mejor. ‘Nadie es solo una cosa.’
Y de ahí se fue a un lugar que no esperaba. ‘Si tú y yo tuviésemos ahora una hora de conversación y estuviésemos en la cocina de mi casa, a mí la conversación solo me interesa cuando no se convierte en eso que veo en mucho de lo público: no, esta gente, el infierno, los monstruos son ellos. Esa conversación a mí no me aporta nada. Esa histeria colectiva en la que los monstruos están siempre en el otro lado.’
Siguió, sin que yo le preguntara. ‘La polarización de lo público narrativamente es muy corta, muy estrecha, muy naíf, muy infantil. Y es verdad que hay muchas razones para preocuparse, hay cosas terribles que vemos en el día a día, el mundo que tenemos delante es perturbador. Pero la histeria no sirve para resolver nada. Para desmontar el reloj hace falta gente valiente para comprender las cadenas de causa y efecto que hacen que de repente se propicie algo terrible.’
Y después, lo que él busca en eso: ‘Ir hacia atrás en esas preguntas no hechas para recuperar la humanidad de las cosas. Para recuperar el respeto, la empatía, la escucha, la sensibilidad. Incluso, si uno se lo plantea, la gentileza y el sentido de reciprocidad. Pero eso ya es otra película.’
Le dije que explorar los límites del ser humano, lo que uno cree que haría hasta que se enfrenta a la situación, parecía su especialidad. Se rió. ‘Mi especialidad, quiero creer, si se me permite, es esa. La contradicción. La ambivalencia. Cuando alguna vez me han dicho «es que tu personaje… y luego yo no sabía qué pensar», lo lograste. Porque yo no siempre sé qué pensar. Y a lo que más puedo aspirar no es a «fíjate lo que hice», sino a que tú te plantees preguntas.’
Ahí apareció la sopa. ‘La sopa es así. Y digo: pues qué coñazo la sopa, toda la vida la misma sopa. Fíjate lo que puede ser una sopa. Y hay gente que ahora mismo se empeña en que tú te vas a comer la sopa como yo te digo.’ Le seguí el juego: yo te la doy porque esa es la forma correcta. Dijo que eso es triste, y lo remató con una idea que sirve para una serie y para cualquier otra cosa: ‘Imagínate que tú y yo tenemos que construir algo juntos. Si solo nos damos la razón porque sabemos exactamente… entonces qué aburrida sería la obra que creamos.’
Guardé para el final lo que más quería preguntarle. En una entrevista de 2023 contó que su padre, Antonio, cruzó el Atlántico a los 17 años y vivió 18 en Venezuela, que tuvo una embotelladora en Margarita y que voló en avioneta sobre el Orinoco. Yo nací en Ciudad Bolívar, en la orilla de ese río. Se lo dije. ‘Me vas a poner aquí tierno.’ Y entonces soltó algo que no había dicho en ninguna entrevista: ‘Yo he estado hace poco en el río Orinoco. Muy emocionante. Imponente. Estuve en la selva. Uno de los viajes de mi vida.’
Hasta donde se sabía, Pedro Alonso no había pisado Venezuela. Ahora sí. ‘En mi casa mi padre lloraba cuando hablaba de Venezuela. Es un trozo de la emoción más profunda de mi casa. Mi padre amaba Venezuela, contaba películas increíbles de Venezuela. Entonces yo tengo que conocer Venezuela profundamente.’ Y una aclaración que dice mucho de cómo habla: ‘Cosa que tampoco tiene mucho mérito, porque Venezuela, cuando ves que es un lugar absolutamente hermoso, más allá de cualquier otra consideración… ya he ido por primera vez. Y fue muy conmovedor.’
Le pregunté por la comida, por cerrar con algo liviano. No supo decir un plato favorito de este viaje, pero se fue a la infancia: ‘Mi madre decía «ay, las arepas». Y me acuerdo que me hacía pasticho. Cuando era niño era como una golosina absoluta.’ Le dije que el pasticho es nuestra lasaña. Lo sabía. Dijo que los pescados estaban increíbles, que la fruta, y cerró con un veredicto: ‘En mi país también se come muy bien. Pero Venezuela es una sabrosura total.’
Nos despedimos con un abrazo. Raúl Huerta no da abrazos. Ese es el punto.
La entrevista completa la puedes ver aquí:
«El Juicio» está disponible en Prime Video con sus ocho episodios completos.
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