El 19 de julio, en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, va a pasar algo que no había ocurrido en casi cien años de Copas del Mundo: la final tendrá un show de medio tiempo. Shakira, Madonna y BTS subirán a la cancha en el descanso, con una puesta en escena curada por Chris Martin, de Coldplay, y producida por Global Citizen. Serán unos once minutos de espectáculo en el partido más visto del planeta.
Como titular, es imbatible. Tres de los nombres más grandes de la música, en el evento más grande del deporte. Y sin embargo, mientras leía el anuncio, no dejé de pensar en algo que me incomodó un poco. No en quiénes cantan, sino en por qué, de golpe, la final del Mundial necesita que alguien cante.
Un partido que nunca pidió ayuda
Pongamos las cosas en perspectiva. La final de la Copa del Mundo es, sin discusión, uno de los eventos más vistos de la Tierra. Miles de millones de personas se detienen a la vez para ver a veintidós tipos correr detrás de una pelota. No hay guion, no hay ensayo, no hay red de seguridad. La tensión es real, y esa tensión es, en sí misma, el mejor espectáculo que existe. Durante casi un siglo, ese partido se bastó a sí mismo. Nadie, jamás, terminó de ver una final del Mundial pensando «qué buena, pero le faltó un show».
Entonces, ¿qué cambió? No cambió el fútbol. Cambiamos nosotros.
La fórmula del Super Bowl se comió al mundo
Lo que estamos viendo es la «Super Bowl-ización» de todo. Estados Unidos perfeccionó hace décadas la idea de convertir un partido en un producto de entretenimiento total, donde el juego es apenas una parte del paquete, junto a los comerciales, el show de medio tiempo y la conversación en redes. Y esa fórmula, que funciona, se está exportando al resto del planeta. No es casualidad que las elegidas sean Madonna, que encabezó el medio tiempo del Super Bowl en 2012, y Shakira, que lo hizo en 2020. Traen consigo el manual.
Tampoco es un experimento improvisado. El año pasado, la final del Mundial de Clubes, en ese mismo estadio, ya tuvo su descanso musical con J Balvin, Doja Cat y Tems. Fue el ensayo. Ahora llega el estreno. Y para blindarlo de críticas, se le colgó una causa noble: parte de lo recaudado irá a un fondo educativo, con un dólar donado por cada entrada vendida. Es difícil quejarse de algo que, encima, ayuda a niños.
Pero yo no estoy tan seguro de que el problema sea el show. El problema, creo, somos nosotros.
Ya no sabemos estar quietos
Hay una lectura incómoda en todo esto, y es la que casi nadie quiere decir en voz alta. Si hasta la final del Mundial, el evento que menos ayuda necesitaba en la historia del entretenimiento, ahora requiere un concierto para retenernos, quizás es porque nuestra capacidad de prestar atención a una sola cosa se rompió del todo. Nos cuesta ver noventa minutos de fútbol sin abrir el teléfono. Necesitamos que algo pase todo el tiempo. El silencio de un entretiempo, esos quince minutos donde antes uno iba al baño o discutía la jugada, se volvió un vacío que hay que llenar con Madonna.
El espectáculo está colonizando los últimos rincones que se sostenían solos. Primero fueron los estrenos de cine, convertidos en eventos. Después los lanzamientos de discos, transformados en experiencias. Ahora el deporte, que era lo más puro que quedaba, porque nadie sabe cómo termina. Le estamos poniendo guion a lo único que no lo tenía.
Y, sin embargo
Sería injusto de mi parte fingir que todo esto es una tragedia cultural. Hay una cara luminosa, y hay que reconocerla. Un show así puede ser un momento de unión global genuino, una fiesta compartida por medio planeta al mismo tiempo, algo cada vez más raro en un mundo fragmentado. Puede acercar el fútbol a gente que no lo sigue, y la música a gente que no la escucha. Y si de paso junta dinero para educación, mejor. No todo lo que brilla es vacío. A veces un espectáculo es, simplemente, alegría, y no hace falta buscarle un fondo sombrío.
Quizás el show del 19 de julio sea espectacular. Ojalá lo sea. Pero cuando lo esté viendo, con el resto del mundo, no voy a poder evitar pensar en lo que significa que hayamos llegado hasta aquí. Convertimos el partido más importante del planeta en un programa de variedades, no porque el fútbol lo pidiera, sino porque nosotros ya no sabemos mirar sin que nos entretengan.





















