Voy a arrancar sin rodeos: LUX (que verá luz el próximo 7 de noviembre) no es un disco fácil. No es ese álbum que pones para tener de fondo mientras cocinas, respondes mensajes o te pierdes en TikTok. Rosalía decidió hacer un disco que te obliga a parar, respirar y prestarle atención. Y eso, hoy, se siente refrescante.
Hay algo casi rebelde en el hecho de que Rosalía, después de un éxito tan explosivo como Motomami, haya elegido este camino. Porque pudo repetir la fórmula, dar otro hit global, llenar el disco de colaboraciones “estratégicas” y listo. Pero no. Esta vez entregó un proyecto que se aleja de lo complaciente y que no le tiene miedo al silencio, al drama, ni a incomodar un poquito.
Escuchar LUX es más parecido a ver una obra que a escuchar un disco. La música sube, baja, respira. A veces parece una misa, otras un performance, otras un sueño raro que no sabes bien cómo explicar.
Te encuentras con orquesta, coros, momentos casi teatrales, idiomas que no esperabas, trece, para ser exactos, y de pronto un guiño urbano que aparece como un rayo para recordarte que sí, esta sigue siendo la misma Rosalía que sabe moverse como pez en el agua dentro del pop. Pero aquí no es protagonista, es un toque, un condimento, algo que pasa y te deja la sonrisa de “ajá, aquí está ella”.
La colaboración con Björk merece mención aparte. No es la típica canción que pones para manejar en tu auto cualquier día. Es intensa, rara, casi incómoda… pero magnética. Se siente como el encuentro de dos artistas que no están pendientes de caer bien, sino de retarse. Esa libertad, esa falta de miedo a no gustarle a todo el mundo, es quizá lo que vuelve a este disco tan especial.
Algo que disfruté mucho es que, en medio de tanta solemnidad, Rosalía se da permiso para relajarse un poco, reírse, jugar con su voz y sacarle punta al dramatismo cuando siente que ya es suficiente. Hay momentos en los que casi se burla del mismo concepto del disco, y eso lo hace más humano. Es como si dijera: “Sí, esto es profundo, pero tranquila, tampoco es para que te lo tomes como si estuvieras en un museo de arte contemporáneo sin poder hablar”.
¿Es un disco para todo el mundo? No. Y está bien. No todo tiene que ser mainstream ni entrar en playlist de “Lo más escuchado del mes”. Este álbum es para el que disfruta sentarse con un disco como quien se sienta a ver una película sin celular en la mano. Para quien extraña cuando escuchar música era un plan, no un ruido de fondo.
Lo que más me queda de LUX es la sensación de libertad. Se siente el trabajo de una artista que ya probó el éxito, lo vivió con intensidad, y ahora quiere explorar sin pedir permiso. Prefiero eso mil veces antes que una artista que repite una fórmula por miedo a perder lo que logró.
Al terminar el disco, no quedé con una respuesta clara del tipo “me encanta” o “no me gustó”. Me quedé pensando. Y eso, hoy, vale oro. Porque hay música que se olvida en horas, y hay música que te pide volver a ella.
Si lo vas a escuchar, hazlo sin expectativas. Deja que el disco te encuentre a ti. Y cuando lo termines, de verdad quiero que me digas:
¿te enamoraste, te frustraste o te quedaste pensativo?
Lo único seguro es que LUX no te va a dejar igual.

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