La corona se tambalea: Miss Universe vive su peor crisis rumbo a Puerto Rico

Francia abandonó el certamen tras más de 70 años, dos jueces renunciaron entre acusaciones de fraude y los dos dueños de la marca enfrentan procesos penales en distintos continentes. A meses de su final en Puerto Rico, el concurso de belleza más famoso del mundo pelea por su credibilidad.

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Miss France 2023 | Foto: Shutterstock
Miss France 2023 | Foto: Shutterstock

El camino hacia Miss Universe 2026 ya empezó. En noviembre, Puerto Rico será la sede de la edición número 75 del certamen, una fiesta que, sobre el papel, debería ser motivo de orgullo para toda la región.

Pero el concurso llega a esa cita más golpeado que nunca. En los últimos meses, uno de sus países más emblemáticos le dio la espalda, y esa salida apenas destapó una crisis mucho más profunda, que mezcla acusaciones de amaño, renuncias sonadas y, sobre todo, dueños señalados por la justicia. Vale la pena entender cómo se llegó hasta aquí.

Una salida histórica

La grieta más visible la abrió Francia. A finales de mayo, la organización de Miss Francia anunció que no enviaría representante a la edición de 2026, rompiendo una tradición de más de setenta años de participación ininterrumpida. No fue un gesto menor: Francia es uno de los países con más peso y más coronas en la historia del concurso.

El presidente del comité francés, Frédéric Gilbert, habló de un «choque de principios» con la dirección actual del certamen. En concreto, apuntó a la falta de transparencia en las reglas, en especial a un programa llamado Beyond The Crown que, según los franceses, influyó en la selección de las semifinalistas sin que nunca se explicara con claridad cómo funcionaba. A eso sumó el costo, cada vez más alto, de la licencia que cada país paga para participar. El mensaje de fondo era simple: si vamos a pagar tanto, exigimos procesos limpios.

La respuesta de la Miss Universe Organization (MUO) fue rápida y reveladora. En lugar de negociar con el comité histórico, anunció que tomaría el control directo de la franquicia francesa y armaría su propia estructura. De hecho, ya se formó un nuevo comité para elegir a la representante de Francia. Traducido: el certamen prefirió quedarse sin su socio de siempre antes que ceder. Y ahí empieza a verse el tamaño real del problema.

Todo empezó en Bangkok

Para entender el enojo de Francia hay que volver a la última edición, la de 2025, celebrada en Bangkok, Tailandia, y ganada por la mexicana Fátima Bosch. Fue, para muchos, la más caótica que se recuerde.

Días antes de la final, en un evento previo, el directivo tailandés Nawat Itsaragrisil confrontó públicamente a Bosch y la trató de forma despectiva delante de todas. La reacción fue inmediata: varias concursantes, incluida la Miss Universe saliente, se levantaron y abandonaron el salón en señal de protesta. El video se hizo viral en minutos y le dio la vuelta al mundo. El propio presidente de la organización tuvo que salir a sancionar a Nawat y vetarlo del evento. La imagen de una candidata humillada en un concurso que se vende como plataforma de empoderamiento femenino fue un golpe del que la marca no terminó de recuperarse.

Un jurado que renunció

La cosa se puso peor con lo que pasó en el jurado. A pocos días de la gran final, el músico franco-libanés Omar Harfouch renunció a su puesto de juez y soltó una acusación grave: aseguró que existía un «jurado secreto» que habría preseleccionado a las 30 semifinalistas sin que los jueces oficiales lo supieran. La organización lo negó de inmediato, pero Harfouch insistió y anunció que llevaría el caso a una corte en Nueva York para impugnar los resultados.

No fue el único ruido. Otro juez también se apartó del panel, y varias concursantes deslizaron sospechas sobre el proceso: la representante de Noruega llegó a decir que el Top 10 se había definido con quince días de anticipación. Cuando tantas voces distintas apuntan en la misma dirección, la sombra de la duda deja de ser un rumor y se vuelve un problema de credibilidad.

La sombra del conflicto de interés

Sobre la coronación de Bosch también cayeron señalamientos, y conviene contarlos con cuidado, porque son acusaciones que las partes negaron. Algunos críticos plantearon un supuesto conflicto de interés: el padre de la ganadora es directivo de la petrolera estatal mexicana Pemex, y una empresa del dueño del certamen había tenido un contrato con esa misma compañía. De ahí surgieron las versiones de un posible favoritismo.

Tanto el empresario como la familia de Bosch rechazaron cualquier vínculo irregular. Y hay que ser justos con la reina: las investigaciones que vinieron después no apuntan contra ella, sino contra los dueños de la marca. La propia presidenta de México, Claudia Sheinbaum, salió a aclarar ese punto públicamente. Fátima Bosch, que ha contado su historia de superación frente a la dislexia y el bullying, quedó atrapada en medio de una tormenta que no era suya.

Los dueños, en la mira de la justicia

Aquí está el corazón del asunto, lo que convierte esta historia de farándula en algo mucho más serio. Los dos propietarios de Miss Universe enfrentan procesos penales al mismo tiempo, en dos países distintos.

Por un lado está Anne Jakkaphong Jakrajutatip, la empresaria tailandesa cuya compañía, JKN, compró el certamen en 2022. Su empresa arrastra una crisis financiera enorme, con procesos de bancarrota en Tailandia, y sobre ella pesa una orden de arresto por un presunto fraude relacionado con la venta de bonos. Su paradero, según la prensa, es incierto.

Por el otro está el mexicano Raúl Rocha Cantú, que compró la mitad de la marca en 2023. La Fiscalía General de la República de México lo investiga por presuntos delitos de delincuencia organizada y tráfico de drogas, armas y combustible, el llamado huachicol. Según reportes de la prensa mexicana, la Fiscalía habría solicitado una orden de aprehensión en su contra, y él figuraría como presunto líder de una red de contrabando de hidrocarburos. Rocha ha negado todos los señalamientos. En resumen: los dos dueños del concurso de belleza más famoso del planeta están, cada uno por su lado, respondiendo ante la justicia. Difícil imaginar un panorama peor para una marca que vive de su prestigio.

¿Efecto dominó?

La gran pregunta ahora es si Francia será una excepción o el primero de varios. En el circuito de los concursos, la preocupación es real, y hay antecedentes. Ya en 2025, la representante de Costa de Marfil, que había quedado entre las cinco finalistas, renunció a su corona regional y cortó relaciones con la organización, alegando que el discurso de inclusión no se correspondía con lo que vivía por dentro. Otros comités nacionales han dejado ver molestias parecidas por los costos y la falta de claridad.

Si más países siguen el camino de Francia, el daño sería estructural. Miss Universe no es solo un show de una noche: es una red de franquicias nacionales que sostienen la marca durante todo el año. Cuando esas piezas empiezan a soltarse, lo que se resquebraja es todo el edificio.

Rumbo a Puerto Rico

Y sin embargo, la maquinaria no se detiene. La corona se disputará en noviembre en Puerto Rico, un escenario que ilusiona a la audiencia latina y que la organización quiere usar para dar vuelta a la página. La apuesta es clara: una gran fiesta en el Caribe que haga olvidar los escándalos y devuelva algo del brillo perdido.

Pero el reto es enorme, y va más allá de una buena producción. Un certamen que le vende al mundo valores de empoderamiento, transparencia y oportunidades para las mujeres carga hoy con dueños acusados de todo lo contrario, con jueces que denunciaron opacidad y con países que se van dando un portazo. Se puede montar el mejor espectáculo, pero la confianza no se enciende con reflectores. A cinco meses de la final, la pregunta ya no es quién se llevará la corona, sino si la corona todavía significa lo que decía significar. Y esa, por ahora, nadie la ha respondido.