Antes de meternos en lo bueno, hay que decir lo difícil: este año, ningún largometraje latinoamericano está en la Competencia Oficial del Festival de Cannes. Cero. La diferencia con 2025 duele, porque hace doce meses Brasil llegó hasta el final con «El agente secreto» de Kleber Mendonça Filho.
El delegado general del festival, Thierry Frémaux, respondió a las críticas con una frase que se puede leer de varias maneras: «Cannes es político cuando las películas son políticas». Lo dejamos ahí, sin tirarle más arena al asunto. Lo importante es que la ausencia en la mesa principal no se tradujo en silencio. Al contrario. La presencia latina este año está repartida en las secciones paralelas (Un Certain Regard, Quincena de los Cineastas, Cannes Premiere, Proyecciones Especiales, Cortometrajes), y desde ahí, sin la presión del premio mayor, los nuestros están dando algunas de las conversaciones más interesantes del festival. La 79.ª edición arrancó el 12 de mayo y termina este sábado 23, cuando se anuncie la Palma de Oro. Vamos por partes.
El primer terremoto vino antes de que arrancara nadie. El 12 de mayo, en el Teatro Debussy, Guillermo del Toro presentó la versión restaurada en 4K de «El laberinto del fauno» dentro de la sección Cannes Classics, celebrando los 20 años del estreno original de la película.
Hay que recordar que aquella película tuvo en este mismo festival, en 2006, una ovación de 22 minutos, una de las más largas de la historia. Veinte años después, Del Toro volvió. Se quebró en el escenario. Habló de su carrera. Y cuando estaba terminando, soltó la frase que dio la vuelta al mundo en menos de una hora: «Fuck AI». Así, sin ambigüedades. Frémaux respondió desde la tarima: «Ese fue el primer comunicado político del festival».
Tiene razón. Pero más allá de la postura del director sobre la inteligencia artificial (postura que conecta directamente con el ánimo de su nuevo «Frankenstein» para Netflix), hay algo en ese momento que vale la pena subrayar. Cannes 2026 lo abrió un mexicano. No con una película de competencia. Con una restauración. Con una emoción. Con una posición ética. Y con dos palabras de inglés que entendió todo el mundo.
El segundo momento mexicano llegó al día siguiente. Diego Luna regresó a Cannes 16 años después de «Abel» (2010), su debut como director, y presentó en la sección Proyecciones Especiales su cuarta película tras la cámara: «Ceniza en la boca», adaptación de la novela homónima de la mexicana Brenda Navarro publicada en 2022. Recibió cinco minutos de ovación en la Sala Buñuel. La historia sigue a Lucila, una joven de 21 años (interpretada por la debutante Anna Díaz, una de las revelaciones del festival), que viaja con su hermano menor de 14 años desde Ciudad de México hasta España para reencontrarse con su madre (Adriana Paz, recordada por «Emilia Pérez»), que emigró ocho años antes.
La película habla de migración, de racismo cotidiano, de la sensación de no ser de ningún lado del todo. Pero la frase que se llevó la noche, y que probablemente se llevará gran parte del análisis del festival, la dijo Luna en la rueda de prensa: «Las políticas migratorias de Donald Trump y la violencia y la narrativa de odio han hecho que América Latina mire a Europa». Es una observación que vale el precio de la entrada. El migrante latinoamericano del 2026 ya no apunta solo hacia el norte. Empieza a mirar hacia el este. Madrid, Barcelona, Lisboa. Y eso está empezando a aparecer en el cine que hacemos.
Hubo un detalle más en esa proyección que conviene mencionar. A la función asistieron Gael García Bernal y Alfonso Cuarón. Los tres juntos, en la misma sala, 25 años después del estreno de «Y tu mamá también». Los Charolastras de vuelta, sin habérselo propuesto, en el lugar que los vio crecer profesionalmente. Si esa imagen no se vuelve la foto del año del cine en español, algo está mal con nosotros.
El tercer ángulo, y quizás el más importante a largo plazo, es que la presencia latinoamericana en las secciones competitivas paralelas este año tiene rostro de mujer. Tres directoras. Tres historias muy distintas. Tres países. La costarricense Valentina Maurel compite en Un Certain Regard con «Siempre soy tu animal materno», una película que además marca el debut en Cannes de la mexicana Marina de Tavira, la actriz nominada al Óscar por «Roma» de Cuarón.
La chilena Manuela Martelli compite también en Un Certain Regard con «El deshielo», un thriller psicológico producido por Julio Chavezmontes, el mismo productor mexicano detrás de «El triángulo de la tristeza» de Ruben Östlund y «Annette» de Leos Carax (es decir, el productor latinoamericano más enchufado del cine de autor europeo). Y la también chilena Dominga Sotomayor llega a la Quincena de los Cineastas con «La perra», adaptación de la novela de la colombiana Pilar Quintana.
Una costarricense y dos chilenas. Tres miradas que vienen del sur y de Centroamérica, y que están tomando un espacio que durante décadas estuvo ocupado casi exclusivamente por hombres. Esto no es coincidencia. Es el resultado de años de becas, residencias, festivales y una camada de mujeres directoras que llevaba tiempo gestándose. Por fin se está viendo.
Y queda Venezuela, que es probablemente la noticia más subreportada del festival. El director venezolano Thielen Armand presenta en la Quincena de los Cineastas «La muerte no tiene dueño». Para ponerlo en perspectiva, como me lo describió un colega cronista colombiano que está cubriendo el festival desde la Croisette: «ver cine venezolano en Cannes es ver el cometa Halley». La industria cinematográfica venezolana atraviesa años extremadamente difíciles. La producción se redujo. Muchos cineastas se fueron del país. Que una película venezolana llegue a una sección oficial de Cannes en 2026 es, literalmente, un acto de resistencia. Y merece ser contado con la dignidad que tiene.
Otros nombres latinoamericanos que están en el festival y conviene tener en el radar: el argentino Lisandro Alonso vuelve con «La libertad doble» en la Quincena (sus seis largometrajes han sido seleccionados por Cannes, un récord casi sin precedentes). El cubano-estadounidense Andy García presenta como director «Diamond» con un elenco brutal: Brendan Fraser, Dustin Hoffman, Bill Murray y el mexicano Demián Bichir. El colombiano Theo Montoya compite en cortometrajes con «Pelotón Trueno». Y los argentinos Juan Cabral y Santiago Franco estrenan «El Partido», el documental sobre el Argentina-Inglaterra del Mundial 86, justo a un mes del Mundial 2026. El timing, otra vez, no es casual.
Si uno levanta la mirada y la pone sobre la Competencia Oficial, las tres películas que están dando más conversación son fáciles de nombrar. «Amarga Navidad» de Pedro Almodóvar, su regreso a la competencia oficial después de 15 años, con Bárbara Lennie y el argentino Leonardo Sbaraglia. Es la gran favorita para la Palma de Oro. «Paper Tiger» de James Gray, el drama criminal ambientado en el Queens de los años 80, protagonizado por Adam Driver, Scarlett Johansson y Miles Teller, que recibió diez minutos de ovación en su estreno y es prácticamente la única gran apuesta de Hollywood este año. Y «The Man I Love» de Ira Sachs, un musical con Rami Malek que tiene todo para ser la sorpresa del festival. Un español, un estadounidense y un musical americano. Tres maneras muy distintas de hacer cine.
Lo que queda claro al final de esta segunda semana de festival, mientras la Palma de Oro se decide en algún despacho discreto donde Park Chan-wook preside el jurado principal junto a Demi Moore, Chloé Zhao, Stellan Skarsgård y Ruth Negga, es que el cine latinoamericano está pasando por un momento extraño. No es de retroceso, aunque la ausencia en competencia duela. No es de explosión, aunque haya tantos nombres dispersos por las secciones paralelas. Es un momento de reorganización. Las mujeres están tomando el espacio. La migración está cambiando de dirección. Venezuela sigue caminando, contra todo pronóstico. Y un mexicano sigue siendo capaz de abrir el festival más importante del mundo gritando dos palabras en inglés y emocionar a media humanidad.
El sábado sabremos quién se lleva la Palma de Oro. Pero los latinos, una vez más, ya tenemos nuestras propias historias que contar. Algunas de victoria. Algunas de pérdida. Algunas de las dos cosas al mismo tiempo, que es como suele ser.
Por eso, también, este festival importa.




















