En inglés, «good grief» es lo que uno suelta cuando algo lo agarra por sorpresa. Es la muletilla de Charlie Brown, la que dice cada vez que algo le sale mal. Pero si uno la traduce palabra por palabra, queda «buen duelo».
Sara Bareilles le puso ese nombre a un disco que va precisamente de eso.
No sacaba un álbum de estudio desde 2019. Siete años. Y volvió el 28 de agosto con catorce canciones que ella misma produjo, grabadas en Dreamland, una iglesia convertida en estudio en Woodstock, al norte del estado de Nueva York.
Ella lo explicó así en el comunicado de lanzamiento: que estas canciones se sintieron como transmisiones más que como un intento deliberado de entender el mundo, y que su mayor deseo es que el disco le dé a alguien algo de consuelo.
Suena a frase de prensa hasta que lo escuchas completo.
El disco tiene un tema y no lo suelta
Good Grief es un álbum conceptual y el concepto es el duelo, en todas sus versiones.
Está el del amor que se acaba. Hay uno por el país, con todo el imaginario americano que atraviesa «Heartland», y otro por el cuerpo y el derecho a decidir, que sostiene «Hands Off My Body».
Y están los dos que a mí me tumbaron.
«Just a Kid»
Chad Joseph fue su mejor amigo desde la universidad y después su tour manager. Murió de cáncer en 2020. Fue la primera vez que Bareilles perdió a alguien de su propia generación. Esa primera vez cambia algo: hasta que pasa, la muerte es una cosa que les ocurre a los mayores.
De ahí sale «Just a Kid», que para mí es la mejor canción del disco.
En vez de escribir sobre el duelo en abstracto, escribe cosas concretas: que él nunca llegó a casarse, que ella odia el lugar donde está enterrado. Y lo canta sin adornarlo.
Musicalmente el arreglo trabaja a favor. Una figura de piano que da vueltas y no se detiene, armonías apiladas en tonos menores, tarareos y llantos sin palabras. Las cuerdas aparecen pero se quedan atrás. Lo que manda son las voces, y a medida que la canción avanza el sonido la va cubriendo como una manta, que es exactamente la imagen que ella usa en la letra. El final se disuelve en una neblina, como cuando uno se despierta y tarda en volver.
Duele, y funciona.
El video se estrenó el mismo día del disco y tiene imágenes de giras viejas donde aparece Chad. Yo diría que lo vean, pero avisen antes en la casa.
El duelo del que casi nadie canta
El otro es «Ladies in a Line», y va sobre no poder tener hijos.
Bareilles tiene 46 años, está casada con el actor Joe Tippett, lleva años intentando quedar embarazada, ha pasado por fecundación in vitro varias veces sin resultado, y en el documental que acompaña al disco dice que el próximo paso sería una donante de óvulos.
Es un terreno donde no hay casi nada escrito. Se me ocurre «Bigger Than the Whole Sky», de Taylor Swift, en la edición 3am de Midnights, que mucha gente lee como una canción sobre una pérdida de ese tipo, aunque ella nunca lo confirmó y, como todo con Taylor, queda abierta a interpretación.
Bareilles no deja lugar a interpretación.
En el documental suelta la frase que resume el disco entero: que tuvo que hacer duelo por eso, por el hecho de que no va a ser suyo.
Habló de por qué decidió contarlo. Dijo que se debatió mucho, porque encontró muy poco material en el mundo de gente hablando de sus problemas de fertilidad.
Eso es cierto y es un hueco enorme. Se canta muchísimo sobre el amor que se acaba y prácticamente nada sobre el hijo que no llega. No hay repertorio para eso. No hay una canción que uno le pueda mandar a una amiga que lleva tres años intentándolo.
Ahora hay una.
Y la forma en que ella lo procesa tampoco es la obvia. En vez de quedarse en la rabia, se puso a pensar en el tamaño del amor. Dijo que el amor es lo bastante grande como para caber en muchas formas, y se cuestionó de dónde había sacado la idea de que solo podría querer a un hijo si llegaba de una manera específica.
Ahí ya no estamos hablando de una letra bonita. Es una mujer de 46 años pensando en voz alta y dejando que la grabemos.
Cómo suena
Después de años en Broadway, con Waitress y con Into the Woods, y de un disco anterior más político como Amidst the Chaos, este es un regreso a lo suyo.
Piano, pop del bueno, algo de blues asomándose. Y una producción donde se oye cada instrumento por separado, cosa rara en 2026, cuando casi todo llega comprimido hasta que suena a una sola pasta.
Aquí no. Aquí el piano es un piano, la guitarra de «Capsize Me» entra con un pulso distinto que abre una ventana en medio del disco, y las voces respiran.
Y ella canta mejor que nunca, por control y no por volumen. Sabe exactamente cuándo empujar y cuándo dejar que la nota casi se le caiga. A los 46 tiene el instrumento afinado de una manera que a los 28 no lo tenía.
En «Salt Then Sour Then Sweet» la acompaña Brandi Carlile, y las dos juntas hacen lo que uno espera de dos mujeres que saben cantar sin gritar.
Por qué hace falta
Bareilles pertenece a una especie que se está quedando sin espacio: la compositora que cuenta una historia con principio, medio y final, y que confía en que uno va a seguirla.
Hoy la música se optimiza para los primeros quince segundos. Se escriben canciones pensando en dónde va a cortar el clip. Y en ese ambiente, alguien que se toma cuatro minutos para contarle a su amigo muerto que odia dónde lo enterraron es casi un acto de rebeldía.
Ella lo dijo bien en el podcast de Anderson Cooper, hablando de «Home», la canción que abre el disco y que salió de una conversación entre Cooper y Stephen Colbert sobre el duelo. Dijo que el trabajo de uno en esta tierra es encontrar la manera de ser lo bastante valiente para dejar que los demás lo vean.
Eso hizo aquí, catorce veces seguidas.
Lo práctico
Good Grief está en todas las plataformas desde el 28 de agosto. El documental, dirigido por Josh Alexander, se estrenó en el Festival de Tribeca en junio y ya está disponible.
La gira arranca el 9 de septiembre en Boston y recorre teatros de Estados Unidos y Canadá, con parada en el Radio City de Nueva York el día 18.
Si van a escucharlo, háganlo completo y en orden. Este disco no es para poner en aleatorio.
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