Entré al concurso.
No quedé seleccionado.
Lo digo de una vez, sin rodeos, porque no es lo importante. O quizá sí lo es, pero no como se suele pensar. No gané, no quedé finalista, no hubo un correo con felicitaciones ni una mención especial. Aun así, algo en mí siente que este texto igual tenía que salir. Que si llega a alguien, a una sola persona, mi trabajo ya estaría hecho.
La publicación no me llegó por correo. Me la envió por Instagram una amiga que quiero mucho y que me conoce muy bien. Fue un post sencillo, de esos que aparecen sin hacer ruido, pero que igual te detienen. Lo mandó con un mensaje corto, casi al pasar: “Leí esto y pensé en ti. Si te animas…”.
Eran las nueve y doce de la mañana. Yo estaba en el sofá de mi apartamento, con una pierna doblada y la otra estirada, buscando el punto exacto en el que la espalda no protestara. En la televisión sonaba cualquier programa. No lo veía. Estaba ahí para acompañar el silencio.
Abrí el enlace.
Era un post con fondo oscuro y letras claras. Decía: “Concurso de cuento: escribir desde el dolor para sanar. Invitación especial a personas con condiciones crónicas”. Más abajo estaban las bases, el número de palabras, una fecha límite y un correo. En los comentarios, corazones, agradecimientos y confesiones breves que parecían escritas de madrugada.
Cerré la aplicación sin pensarlo. Sentí esa presión conocida en el pecho. No era dolor ni ansiedad. Era una mezcla rara de memoria, cansancio y algo parecido a culpa.
Tengo cuarenta y tres años. He aprendido a reconocer mis señales. Cuando el cuerpo pide pausa. Cuando la cabeza se nubla. Cuando una pierna decide no responder igual. Ese día el cansancio era emocional. De los que no se quitan con agua ni con sueño.
Me paré para buscar agua. El pie izquierdo dudó antes de apoyar. Nadie lo vio. Yo sí. Siempre lo veo. Me apoyé en la encimera mientras llenaba el vaso. La luz blanca molestó más de lo normal. El zumbido de la nevera sonó fuerte.
Ahí pensé algo que me acompaña desde el diagnóstico: vivir con Esclerosis Múltiple es vivir con dos versiones de uno mismo en el mismo cuerpo.
La versión visible es funcional. Camina, habla, se ríe, cumple. Sale a la calle sin avisos. Nadie sospecha nada. Esa versión soy yo para el mundo.
La otra versión no se ve. Vive por dentro. Calcula escalones. Siente hormigueos. Se cansa antes de empezar. No sale en fotos ni recuerdos ajenos.
Volví al sofá. Abrí Instagram otra vez. Guardé el post. No sabía por qué, pero lo hice.
La cara que se ve es tranquila. Hace chistes. Dice “todo bien”. Sonríe en reuniones. Aprende a moverse sin llamar la atención.
La cara que no se ve se despierta antes. Se despierta con un brazo pesado, una pierna torpe y la sensación de haber corrido sin moverse. Se sienta en la cama y negocia con la gravedad.
Esa cara conoce el miedo silencioso. El miedo a una resonancia nueva. El miedo a perder algo más. El miedo a no saber cuándo.
Durante años intenté que esa cara no existiera. Le pedí que se callara. Que no exagerara. Yo quería ser el hombre que se ve bien.
Lo logré en parte. Me volví experto en parecer normal. En cumplir horarios. En decir que sí cuando el cuerpo decía no. En llegar a casa roto y sonreír afuera.
La primera vez que alguien dijo “pero tú te ves perfecto”, agradecí. Sonreí. Por dentro sentí una piedra cayendo en agua. Un golpe breve, con ondas largas.
Esa noche entendí que escribir no era una idea bonita. Era una necesidad incómoda.
Busqué una libreta vieja. Agarré un bolígrafo. Escribí sin pensar: “Mi cuerpo tiene dos ritmos”. No sonaba falsa. La dejé.
Seguí.
La cara que se ve sale. La que no se ve calcula. La que se ve abraza. La que no se ve mide fuerza. La que se ve escucha. La que no se ve lucha contra la neblina.
Escribía lento. Me dolía la muñeca. Ese dolor pequeño me recordaba que estaba presente.
Recordé una farmacia. Un pasillo largo. Mi pierna extraña. Caminé igual. Pagué. Dije gracias. Llegué al carro y lloré solo.
Recordé cumpleaños cansado. Reuniones calculadas. Comentarios bien intencionados que no sabían dónde caer.
La libreta se llenó. No escribía para ganar. Escribía para ordenar.
Me di cuenta de algo incómodo: había convertido mi cuerpo en enemigo. Lo presioné. Le exigí funcionar como antes, como si no hacerlo fuera una falla moral.
Eso dolió escribirlo.
Al día siguiente me miré al espejo. Me vi bien y cansado. Las dos cosas eran verdad.
Me dije en voz baja: “Hoy vamos juntos”.
No fue mágico. La pierna dudó. El cansancio apareció. Bajé el ritmo. Me senté cuando pude. No pedí perdón. No me expliqué.
Pensé en el cuerpo como una casa. Una habitación luminosa. Otra llena de cajas. Yo llevaba años cerrando esa puerta.
Escribir fue abrirla sin huir.
La reconciliación no fue un abrazo. Fue un acuerdo: dejar de pelear conmigo.
Esa noche terminé el cuento. Me reconocí. Sentí vergüenza y alivio al mismo tiempo.
Escribí a mi amiga: “Gracias por pensar en mí”. Respondió: “Siempre”.
Envié el texto.
Después llegó la respuesta del concurso. Correcta, breve, amable. No fui seleccionado.
No pasó nada extraordinario. No se rompió nada. Pero algo ya estaba hecho.
No sané. No me curé. Nadie se cura por escribir un cuento. Pero algo se acomodó. El dolor dejó de empujar desde adentro y tuvo un lugar donde sentarse.
Los días siguieron. Hubo mañanas livianas y otras densas. Nada nuevo.
Una tarde, en una cola, sentí un temblor leve. Me apoyé en la pared. Nadie miró. Nadie preguntó. Respiré.
Entendí que reconciliarse no es romantizar el dolor. Es dejar de tratar al cuerpo como traidor.
Mi cuerpo no es un error. Es un territorio distinto.
Las dos caras siguen ahí. No se fusionaron. No se eliminaron. Se toleran.
Cambié la forma de nombrar lo que pasa. Ya no digo “fallé”. Digo “hasta aquí”.
A los cuarenta y tres entendí algo que no aprendí antes: la fortaleza no siempre es avanzar. A veces es parar sin culpa.
Sigo teniendo dos ritmos. Ya no me escondo tanto.
La Esclerosis Múltiple no es toda mi historia, pero la atraviesa.
Mañana volveré a levantarme. Volveré a negociar con el cuerpo. No por heroísmo. Por cuidado.
Eso, aunque no se vea, también camina conmigo.
Y si este texto acompaña a alguien más, aunque sea un poco, entonces todo esto ya valió la pena.
Y hoy, por hoy, basta.
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